Resulta increíble, que una persona después de vivir 103 años se despida con las palabras de máxima humildad que puede tener el ser humano cuando son dichas desde el corazón: «Perdón por todo, perdón por todo, perdón por todo». Con palabras parecidas se despidió esa "estrella" que en las noches depejadas puedo ver, que tanto me reconforta al mirarla y que me regaló la vida hace ya casi 35 años. Lástima que no tuviera la paciencia para hacerlo a los 103 años, pero su forma de despedida era una forma más de esa gran humildad que le caracterizaba y que hace que cuando vamos a "verle" podamos leer la bella bienaventuraza: "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios". Personas como ellos, literatos estupendos o simplemente padres ejemplares, estarán siempre con nosotros, desde esa estrella, su estrella, que nos mira cada noche desde el cielo. In memorian, a Francisco Ayala.
domingo, 8 de noviembre de 2009
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