Sugerencia para escuchar mientras se lee este post: Eu Sei Que Vou Te Amar, Joao Gilberto

Esta semana he experimentado algo que quiero compartir con vosotros (o mejor dicho contigo, mi pequeño-gran mundo virtual).
Miraba desde mi balcón el Monte Hacho. Como tantos montes con este nombre que se reparten por la geografía española, su majestuosidad, su robustez y su ensoñador perfil se alzan frente al lugar donde resido. Cruzando el río Genil, allí está él, desafiante y amigo a la vez, pero siempre, allí, está él.
Contemplarlo en un día de cielo azul es todo un ejercicio de relajación para la mirada y un fluir para el pensamiento; en esos minutos en los que el humo del cigarrillo de sobremesa o a deshora aportan aun más melancolía a la estampa.
Así lo contemplaba, y así estaba él allí, estático. Justo entonces el movimiento rompió la visión habitual y arrastró en su torbellino mi imaginación. Un gran avión apareció en el cielo azul surcándolo hacia el Oeste, y unos instantes después, unos metros (supongo que muchos) más abajo, un helicóptero planeaba en dirección Este. Pareciera que el monte fuera un imán que atrayera a ambos. Por un momento, fueron un solo punto en el cielo azul y casi se diría que estaban igual de quietos que el propio Hacho. Pero después cada uno siguió su ruta en sentidos opuestos. Ambos seguían teniendo como fondo el mismo cielo azul y la misma roca del monte, pero ahora las dos fotografías, que segundos antes fueron una, se iban separando en dos irremediablemente. Sin embargo, en el ejercicio inverso, cuando se fueron aproximando para entrar en "escena" y formar el cuadro del que disfruté instantes antes, no me había percatado de la realidad que ahora veía tan clara: eran dos aeronaves, volaban en direcciones opuestas, pero al abrigo del Hacho pudieron ser una sola.
Y un poco así, como en esta visión, sentí que son nuestras vidas y nuestros corazones. Hay cosas sólidas, inamovibles, como el amor. Como un imán, como el gran monte, es capaz de juntar vidas en principio totalmente dispares, es capaz de fundirlas por unos instantes, instantes que trasladados a la escala del tiempo de nuestras vidas pueden ser años, según seamos pilotos de más o menos riesgo. Y un buen día, sin más remedio, las trayectorias comienzan a separarse. En realidad no quieren hacerlo, pero no lo pueden evitar, ya eran dos fotografías antes de formar la instantánea tan maravillosa que fue mientras duró. Y el Hacho seguirá estando ahí, para permitirnos seguir soñando despiertos, para mirarlo, para que al admirarlo, en los días de cielo azul, seamos capaces de trazar caminos en el aire, quizá caminos nuevos, quizá los ya pisados, cada uno elegirá, una y otra vez, el suyo propio. Pero lo que no sabremos será a qué encuentros nos habrán de llevar esos caminos. Solo él guarda el secreto y a nosotros solo nos puede quedar la paciencia de seguir contemplándolo mientras hallamos la respuesta en el fondo de nuestros corazones, solo allí la encontraremos verdaderamente.